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Por qué surgen los fenómenos naturales más extraños

En la atmósfera y superficie terrestre se originan procesos físicos que brindan espectáculos naturales sobrecogedores. Muchos aún carecen de explicación científica y los meteorólogos se refieren a ellos como los "Expedientes X del planeta Tierra’.

Al final del verano de 1927, un ingeniero de Oslo recibió una señal de radio de la estación PCJJ de Eindhoven, Holanda.

Tras segundos más tarde le llegó un eco de esa misma emisión. Tal retardo llamó la atención del científico holandés Van Der Pol, quien intentó repetir el experimento. No lo logró sino hasta el 2 de octubre de 1928, tras leer un telegrama de su colega noruego Carl Stormer, quien por la tarde había recibido una serie de ecos.

Aquella misma noche decidió enviar grupos de señales consistentes en tres puntos del Código Morse cada 30 segundos entre las 20:00 y las 21:00. De las 120 emisiones realizadas, Van Der Pol recibió 13 repeticiones del sonido con un retardo de entre tres y 15 segundo.

Algo parecido observó H. L. Rasmussen en 1974 cuando estudiaba la reflexión de las ondas de radio en la Luna. Su método era sencillo: enviaba señales al satélite y esperaba 2.6 segundos para recibir las ondas reflejadas. De pronto apareció una segunda señal que se había retrasado dos segundos más. Tenía las mismas características que la reflejada, pero era más débil. La onda ‘fantástica’ apareció varias veces y Rasmussen pensó que podría tratarse de una segunda reflexión en una corriente de plasma solar. Aún hoy los ecos de radio de largo retardo son un misterio. Los extraños fenómenos que suceden en la atmósfera desafían nuestro poder explicativo y el de los meteorólogos. No porque tengan un origen sobrenatural o extraterrestre, sino porque son demasiado raros como para poder ser estudiados a detalle.

Si vemos un haz de luz que se alza desde el suelo, pensamos que es un reflector que ilumina una fiesta, pero en el siglo XIX quienes contemplaban este fenómeno natural, llamada columna auroral, quedaban pasmados; eso le pasó al astrónomo inglés William Noble cuando en 1883 vio uno de esos focos que apuntaba al espacio.

Lo cierto es que los fenómenos meteorológicos en muchas ocasiones desconciertan a los científicos. Por ejemplo, el 17 de noviembre de 1882 una nube luminiscente cruzó como un torpedo el norte de Europa. Lo más probable es que se tratara de ráfagas de viento solar en interacción con la alta atmósfera, como las que fotografió Alan W. Peterson en Arizona, en 1979.

Iluminación inexplicable

Las noches crean luces fantasmales, como la niebla luminosa que cubrió varios días Italia y Alemania en 1831. Ante estos sucesos los científicos suelen asegurar que se debe a la influencia del Sol, y en particular a las fulguraciones de su atmósfera.

En efecto, las auroras boreales son, más intensas en los años de mayor actividad solar.

A veces la causa del fenómeno está localizada. En el verano de 1908, el cielo nocturno de Gran Bretaña se tiñó con un resplandor rojizo en dirección norte que llegaba a una altura de 45º sobre el horizonte. El periódico The Times comentó que en Londres se podía leer algo sin luz artificial. Según informó la Royal Meteorological Society, "era una prolongación del atardecer que llegaba casi hasta el amanecer".

Lo que ocasionó semejante escena fue la caída de un cuerpo en la región de Tunguska, en Liberia, la mañana del 30 de junio. Los testigos relataron que en el horizonte se vio un brillo azulado; la explosión fue audible en un radio de 1,500 kilómetros y una onda de presión atmosférica arrancó las tiendas de los nómadas a kilómetros del impacto.

Los sismógrafos de Asia y Europa registraron una onda sísmica y en Washington se detectó su paso ocho horas después. En 1927, la Academia de Ciencia de la Unión Soviética envió una expedición liderada por el mineralogista Leonid Kulik, quien descubrió que en un área de 2,150 km² los árboles estaban arrancados en dirección radial, y los que rodeaban la depresión pantanosa donde la explosión se produjo habían quedado despedazados, con los troncos desnudos y abrasados. La caída de un meteorito o un cometa a 15 km/s había provocado una deflagración de 20 megatones (mil veces más certero que la bomba de Hiroshima).

Con la exploración espacial llegaron nuevas sorpresas. La noche del 9 de junio de 1970 los astrónomos del Observatorio de la India asociado al Instituto Smithsoniano se quedaron sorprendidos: "El cielo se iluminó con una intensidad comparable a la de la Vía Láctea en verano". Más espectacular fue el destello observado en Alaska dos años más tarde: "El cielo brilló como si fuera de día durante dos segundos… cambió de azul y el blanco", describía la revista Sky & Telescope. Y no fueron los únicos: el 27 de noviembre de 1963, con el lanzamiento del Centaur 2, la tripulación del barco M. V. Wendover, que navegaba de Senegal a Ciudad de Cabo, vio una nube blanca que formó círculos concéntricos tan brillantes como la luna llena.

Algunos resplandores están asociados a terremotos. "Se describen como haces azulados que surgen del horizonte, parecidos a relámpagos o a un faro apuntando al cielo", afirmaba el boletín de la Sismological Society of America en 1973.

Las tormentas también son fuente de rarezas: rayos que recorren kilómetros paralelos a la superficie, otros de colores, unos más que salen disparados a la alta atmósfera, el relámpago perla (partido en trozos, como cuentas de collar) o los rayos sin trueno de las bochornosas tardes de verano.

Microorganismos engañosos

Los mares fluorescentes son un caso aparte. Los marinos del Golfo Pérsico frecuentemente se topan con aguas luminosas, que ya fueron descritas por el escritor Rudyard Kipling.

En ocasiones se ven globos brillantes que surgen de las aguas y explotan en la superficie, luces que giran alrededor de un punto, anillos que se expanden en una noche clara, bandas estacionarias sobre la superficie del mar.

Mientras los marinos se asombran con estos sucesos, los científicos, en general, los ignoran. Algunos apuntan a una interacción entre el radar y la fosforescencia marina, y otros, al comportamiento colectivo de organismos luminiscentes.

Pero lo que sucedió en el golfo de Omán el 5 de noviembre de 1953, tres escapan a cualquier explicación. Así lo contaba el segundo oficial del WMS Olympic Challenger, Armin Roth: "A un metro sobre la superficie del agua apareció una banda de luz que tenía una extensión de dos millas náuticas (3.7 km), rotaban en el sentido de las agujas del reloj y cruzaban el barco a intervalos regulares". El 24 de abril de ese año, en el golfo de Siam, la tripulación del M.V. Rafaela se vio en medio de tres ruedas luminosas que se cortaban y giraban, una en sentido de horario y dos en antihorario.

Sonidos del más acá

Hace 100 años el mundo era mucho más silencioso. Hoy estamos acostumbrados al ruido de los coches, las motos, los aviones. Bajo ellos, los extraños sonidos de la naturaleza quedan enmascarados. Uno de los más misteriosos recibe el nombre de mist poetters en Francia, marina o brontido en Italia, uminari en Japón o retumbos en Sudamérica. Son explosiones de las que existen registros desde el siglo XIX y sólo se perciben en la costa. Para los expertos se trata de erupciones de gas natural procedentes de la place continental que se encuentra bajo los océanos. Su origen podría ser el mismo que el de otros espeluznantes cañonazos que se escuchan en algunos grandes lagos, como el Séneca, en la ciudad de Nueva York, cuya antigüedad es atestiguada por los nativos de la zona y muchos de sus visitantes.

Suenan crujidos por todo el planeta, desde la costa de este canadiense hasta Bélgica, pasando por Escocia y Filipinas. Los más famosos se escuchan en el delta del Ganges cuando hay tormentas. Como siempre parecen venir de dirección sur o sureste, algunos científicos señalan que podrían tener un origen sísmico. Pero de todos los sonidos que podemos escuchar, ninguno es más hipnotizador que las arenas musicales de algunos desiertos como el Sinaí: cuernos, campanas, gruñidos. ¿Será éste el origen de la leyenda del suspiro matutino de la Esfinge? Nadie ha podido explicar el misterioso mecanismo por el que las arenas musicales en un lugar suenen como un ladrido y en otro como dulce flauta del dios Eolo. Y es que el planeta aún oculta muchos misterios naturales que desafían a nuestros científicos.